Carlos Mora Vanegas

Una cosa que no puede reciclarse es el tiempo perdido, se debe aprovechar intensamente en su momento.

Todos debemos afrontar la prueba mientras permanecemos con vida, y sobre todo cuando ya hemos transitado un buen número de años por esta dimensión de lo que representa perder un ser querido, un ser a quien se le ha compartido afecto, se le ha identificado en nuestras emociones y sentimientos, se le ha compartido cariño, se le ha dado paso a la dependencia y se ha encendido la llama del sufrimiento.

 Lo cierto, que mientras estamos en este plano, con la oportunidad de vida que se nos da, nos interrelacionados desde nuestra propia familia que nos dio la vida y nos ha cobijado, así con  los que hemos seleccionados como amigos, hasta llegar a   crear nuestro propio hogar y dar oportunidad a que nuestras emociones se expandan en  lo que se deriva de ello, como son los hijos, la propia pareja que libremente seleccionamos.

 En esas interrelaciones se manifiestan sentimiento, emociones de distinta intensidad, dependiendo de lo que ponemos en cada una de ellas. Justamente, ese grado de intensidad genera dependencia, apego, que debemos saber manejar para que cuando ello se de, se  deja de manifestar no nos perjudique el sufrimiento.

 Por tanto, no nos debe sorprender como lo comenta mental.com. ar. cuando (por separación en la pareja, fallecimiento de un ser querido u otra causa) desaparece de nuestra vida alguien a quien hemos amado o que ocupaba un espacio estelar en nuestra cotidianeidad, nos invade una particular sensación de soledad, un vacío, una nada enmudecida que nos sume en la tristeza y la desesperanza. Hemos de sobrellevar la dolorosa percepción de orfandad, de ausencia de una persona insustituible. Nos vemos perdidos y sin referencias en las que antes nos apoyábamos para afrontar la vida.

 Consideremos que somos seres sociales que necesitamos de los demás para hacernos a nosotros mismos. Y no sólo para cubrir nuestras necesidades de afecto y desarrollo personal, sino también para afianzar y revalidar nuestra autoestima, ya que ésta se genera cada día en la interrelación con las personas que nos rodean.

Muy interesante cuando se señala, que la pérdida es irreemplazable pero no debe ser irreparable. Ese hueco o, mejor, su silueta, quedarán ahí, pero si nos permitimos sentir la tristeza y nos proponemos superarla a base de confianza en nosotros mismos, podremos reunir fuerzas para establecer nuevas relaciones que cubran al menos parcialmente ese déficit de amor que la ausencia del ser querido ha causado. Hemos de intentar que la carencia de esa persona no se convierta en una carencia general de relaciones. Esta soledad es dolorosa, pero puede convertirse en positiva si la interpretamos como oportunidad para aprender a vivir el dolor sin quedarnos bloqueados. Y para generar recursos y habilidades para continuar transitando satisfactoriamente por la vida. Debemos interiorizar y controlar el dolor, sabiéndolo parte inherente a la vida, aprendiendo a no temerlo y a no mantenernos al margen del sufrimiento como si de una debilidad o incapacidad se tratara. Quien sabe salir del dolor está preparado para disfrutarla la plenitud en momentos venideros.

Debemos saber que la desaparición de una persona tarde o temprano es un hecho cierto, por tanto debemos fortalecernos de tal forma que el apego a ella, su dependencia no nos cause dolor , sufrimiento una vez que esto sucedes, por tanto debemos tenernos confianza y saber manejar adecuadamente nuestras emociones . Disfrutar el presente intensamente, aprovechar el tiempo de vida que se nos da, no descuidarlo y estar preparado a que en cualquier momento, esto puede suceder, lo importante es saberlo aprovechar ,  mientras la persona esta con vida e interrelacionada en nuestro vivir, aportándonos felicidad, dicha.

 Es cierto como alguien comenta sobre ello, que no es fácil decir un adiós definitivo a las personas que hemos amado, con las que hemos compartido momentos importantes de nuestra vida. La perdida de ese ser es el suceso más doloroso para el ser humano.
Frente a ello, parece que no hay consuelo alguno. Lo único que podemos encontrar es apoyo emocional, para soportar ese dolor.
Es importante aprender a despedirnos de quienes partieron, porque ello nos ayuda a seguir adelante, a nosotros mismos y, a ellos en la otra dimensión.
Hay que aprender a hacer frente a los hechos, aceptando aquellos que no pueden cambiarse. Hay que integrarlos. Dejar de luchar y seguir adelante centrando los esfuerzos en aquellos que sí se pueden hacer.
Debemos aceptar lo que no podemos cambiar. Lamentablemente cuando pensamos en las pérdidas, tenemos en mente la muerte de nuestros seres queridos, sin embargo, a lo largo de nuestras vidas, las pérdidas son un fenómeno mucho más amplio. Perdemos no sólo a través de la muerte, sino abandonando o siendo abandonados, cambiando, soltando ataduras y siguiendo adelante.
Nuestras pérdidas no incluyen sólo nuestras separaciones y nuestros adioses a los seres queridos, sino también las pérdidas conscientes o inconscientes de nuestros sueños, nuestras esperanzas irrealizables, nuestras ilusiones de libertad, de poder, de juventud, etc... Y estas pérdidas forman parte de nuestra vida, son constantes, universales e inevitables. Y son pérdidas necesarias porque crecemos a través de ellas. Pero igualmente ninguna de ellas se compara a la muerte de un ser amado.

 Muy interesante cuando se agrega, que asumir adultamente el dolor del adiós requiere permitirnos sentirlo, sin avergonzarnos, sin aislarnos y sin vernos como víctimas indefensas, sino como parte de un proceso de aprendizaje existencial. La muerte no es enemiga de los seres humanos, es un evento natural, equivalente al nacimiento, los dos son dolorosos, inevitables y transcienden al ser humano.

 Por supuesto, el síntoma que caracteriza la pérdida de un ser querido y el más habitual es la tristeza. Esto es algo perfectamente normal, siempre dentro de unos límites establecidos, pues una reacción excesivamente depresiva e intensa puede dar lugar a lo que se conoce con el nombre de duelo patológico.

El duelo patológico se caracteriza por los siguientes síntomas:

  • Sentirse inútil y desamparado tras la pérdida del ser querido.
  • Sentirse culpable por la herencia recibida de la persona fallecida.
  • Tener pensamientos obsesivos con la muerte, como deseos de morir.

Tener experiencias alucinatorias con el fallecido, como sentir su voz o incluso ver su imagen (aunque sea fugaz).

Definitivamente,  no olvide como muy bien se señala además,  que el liberarse de los lazos con la persona fallecida, implica que debemos modificar la energía emocional invertida en la persona que hemos perdido. Esto no quiere decir de ninguna manera que hayamos dejado de amar u olvidado al ser desaparecido, sino que somos, ahora, capaces de dirigirnos a otros.
Morir es un proceso evolutivo natural que se inicia al nacer, aceptar la muerte, de familiares y la nuestra, es desarrollar inteligencia emocional. Ante la muerte, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, es decir, nuestra aversión y negación del dolor normal, genera sentimiento de culpa, frustración e impotencia emocional; ante la realidad de la pérdida del ser amado.

En conclusión, debemos estar preparado ate la ausencia de un ser querido, tener confianza en nosotros mismos, en saber gerenciar, controlar inteligentemente nuestras emociones , sentimientos,  de tal forma que no generen sufrimiento, afecten nuestra armonía, salud, estados psíquicos.